Si después de la muerte mi letargo se desvanece y la memoria de mi vida aún perdura, volvería a aquella tarde de 2001, en la que mi padre con un cáncer terminal me preguntó si quería jugar baraja con él, y le diría mil veces que sí, beberíamos ponche de café y sería una larga noche de risas y apuestas tontas para ver quién es el mejor. Entonces, aquella noche rebozaría en mis recuerdos como una flor de nomeolvides, tan azul como él era.
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agosto 03, 2023
marzo 12, 2019
Desde los ojos de un muerto
Lo entiendo, estoy muerto, pero mi conciencia no se apaga. Arriba es navidad y escucho a lo lejos un villancico viejo; abajo, la eterna soledad y el encierro, una vida que jamás volverá a encenderse, tiempo que perdí, hoy tiempo perenne.
Escucho cómo la carne se desprende lentamente de mis huesos, son gusanos que mastican y corroen mi humanidad, siento el frío de la noche rozar mis huesos hoy desnudos, y lo que alguna vez fue sangre, hoy un río seco de vida que no es.
No habrá vuelta atrás, hoy sólo tengo mis recuerdos y escarbar en ellos me reconforta, pero la conciencia se disuelve, ni el lugar en que nací ni mi nombre quedará, un saco de huesos y nada más.
Morir (dejando de respirar)
Un encierro, la vida en burbujas de aire se retira de mí. Me voy apagando, me voy contrayendo, todo lo que fui se reduce a cuatro paredes con picos que poco a poco van reventándome. Falta poco, ojos desorbitados, aquella fiesta de cumpleaños donde soplé cinco velas, un futuro en un mar de posibilidades, hoy pared de picos y el reloj de arena desbocándose, desbocándome.
Impío, sin conciencia, como una catarata violenta.
Y la pared de picos me alcanza, me desintegro, tic-tac, tic-tac, la conciencia se disuelve, fui.
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